COMO EN EL DÍA DE PENTECOSTÉS (3)

Memoriza: «Someteos unos a otros en el temor de Dios.» Efesios 5:21

Lee: Efesios 5:21

«Someteos unos a otros en el temor de Dios.»

BIBLIA EN UN AÑO: 2 Samuel 8 – 11

MENSAJE

Los últimos dos días, hemos estado hablando de los eventos significativos que sucedieron en el día de Pentecostés. En ese día, todo el que estaba en la habitación de arriba recibió un toque de parte de Dios. Sus corazones se volvieron hacia Dios, y fueron llenados del Espíritu Santo.

Si realmente queremos un avivamiento en nuestra generación, no podemos quedarnos mirando como creyentes débiles permanecen en su débil estado. Debemos de afilarnos los unos a los otros (Proverbios 27:17), de tal forma que el más débil entre nosotros esté obrando milagros. Si realmente estuviéramos unidos, no miraríamos hacia otro lado cuando vemos a un hermano bostezando cuando debería de estar orando; tomaríamos su mano y le animaríamos a orar. No vemos a una hermana vistiéndose de manera indecente, y mostrando signos de haberse apartado de Dios, sin intentar animarla en su fe. Si el fuego de alguien parece que se está apagando, ora por la persona en vez de usarla como mal ejemplo, para tú parecer justo ante los demás.

Todo aquel en la habitación de arriba, en ese día en particular, recibió un toque de parte de Dios porque ellos se sometieron a Él, y los unos a los otros – nadie se sentía superior. En los años 70, concí a un joven hombre llamado Hermano Sam. Él no era miembro de la Iglesia Cristiana Redimida de Dios, pero era muy popular porque había sido ungido de una manera celestial, por Dios. Él no podía hablar en inglés, pero estaba tan ungido que todo el mundo le buscaba. Una vez, él fue invitado a predicar en una universidad. Cuando se levantó para decir que no hablaba inglés y que necesitaría un intérprete, un inglés Británico empezó a fluir de sus labios, Él no entendía lo que él mismo estaba diciendo, pero el mensaje siguió fluyendo. Después de un hora, la gente se apresuró por ir al frente, llorando y clamando por su salvación. Tan pronto como dejó la universidad, él ya no podía hablar en inglés de nuevo. Hubieron testimonios de por lo menos tres personas que habían muerto que Dios resucitó a través de él. Siempre que él oraba por los enfermos, describía como las enfermedades salían de los cuerpos, hasta que el enfermo era sanado por completo. Sin embargo, el orgullo entró en su corazón después de un tiempo, y cuando le llamaban para ir a un Estudio Bíblico, él decía, «¿Quién predica? ¿A cuántos muertos ha resucitado?» Es una pena que él acabara en un asilo.

Si queremos que el poder de Dios esté entre nosotros, debemos de rechazar el orgullo y someternos los unos a los otros en el temor de Dios (Efesios 5:21). Debemos también cuidar de los más débiles entre nosotros y apoyarles para que sean alzados.

LLAMADA A LA ACCIÓN: Rechaza el orgullo en tu vida, y apoya a tus hermanos creyentes

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Amén